miércoles, 8 de mayo de 2013

Como visitar un zoológico

Traduzco un diálogo que compartió Salo de Carvalho, un valioso y querido compañero gaucho, de Porto Alegre, que traducí. Bien podría ser el ejemplo para los estudiantes que piden ir al manicomio:
- Profesor ¿Cuándo vamos a ir a visitar la cárcel?
- ¿Ustedes quieren ver presos?
- ¡Queremos!
- Hagan públicamente un acto moralmente vergonzoso, después enciérrense en el cuarto, pasadas algunas semanas, mírense en el espejo.
- Ah, profesor, pero así no vale, nosotros somos normales.
- Así es, ustedes son normales… Ahora entenderán por qué nunca los llevaría?
- ¡No!
- Porque las criaturas que se encuentran normales, portan miradas anormalizantes, y son justamente esas miradas que hacen que estar en la cárcel sea intrínsecamente diferente de estar encerrado en el cuarto.
- ¿El Señor está diciendo que nosotros iríamos para estigamtizar a los presos?
- No, yo apenas estoy diciendo que ustedes aprovecharían mejor su tiempo yendo al zoológico.
- Pero –ironizan ellos- nosotros no estudiamos Biología, sino Derecho.
- Pues cargan las mismas miradas que los biólogos delante de la colonia de bacterias… El día que construyan el mirar de la semejanza, podrán ir a voluntad, porque entonces la curiosidad de “ver presos” será substituida por la angustia del intercambio de miradas entre humanos. Y ahí, mis amigos, el bicho se les pega y nunca más van a conseguir dormir en paz, porque perderán la fantasía que separaba el “ellos” del “nosotros”. Es más o menos como a los 6 años, descubrí que Papá Noel siempre estuvo en casa, con nosotros, y que cualquiera puede llegar a serlo: inclusive yo o ustedes.
- ¡Entendí, Profe! Creo que el zoológico será más divertido…
- Con certeza!

martes, 7 de mayo de 2013

Peli en el Café Basaglia


Seminario-taller "problematizando la práctica del acompañamiento terapéutico".




Una cosa es estudiar la carrera de Psicología -con sus programas, con lecturas siempre modificables en el tiempo- y otra es cómo alguien construye una posición para ocupar un lugar, para sostener luego un trabajo con otros. No son cuestiones contradictorias, en absoluto, pero a medida que la carrera se fragmenta, se aplasta lo segundo, favoreciéndose una recorrida por los textos -aislados, descontextualizados- sin preocupaciones de método.

Pensar el efecto de retorno que implica el trabajo de lectura: ¿Qué se hace con la teoría que leemos? ¿Cómo se relaciona con el análisis propio y con la experiencia? En definitiva: cómo nos apropiamos de lo que leemos para poder pensar nosotros y no ser “hablados” por la repetición de la letra escrita.

Y… ¿Qué pasa con lo que pensamos? ¿No se percibe en las aulas cierto tufillo a censura? Como si a partir de cursar algunas materias, preguntar algo que se supone básico u obvio lo hace quedar a uno como un ignorante o un estúpido -cosa que nunca fue así ni para Freud ni para Lacan; basta leer las correspondencias, o las marchas y contramarchas en los seminarios. Pero de repente un pibe de primer año se anima a preguntar y los esquemas que parecían armaditos vacilan. Apostamos a ello.

Por esto decidimos pensar en una modalidad con una coordinación y textos sugeridos denominada Seminario-taller, diferenciándola de lo que habitualmente conocemos como “clase”, en el sentido de que no se trataría inicialmente de sumar y sumar conocimientos sobre la práctica del acompañamiento terapéutico desde cero sino que, por el contrario, pensamos en habilitar un espacio para tratar de apropiarnos de lo que ya conocemos -de la teoría, en la facultad- pero tratando de ir armando un estilo propio: pensar nuestra posición en el trabajo, ya sea en presente o en futuro.

Apostamos a que participen estudiantes de todos los años y a generar un clima de intimidad donde esté en juego nuestro deseo de aprender, no de aparentar. Además, vamos a trabajar con recortes clínicos, pequeños grupos y puestas en común. Detenernos a ver algunas películas pertinentes y, a partir de las preguntas, ampliar la bibliografía y convocar invitados para trabajar específicamente nuestras dudas. Los estudiantes que tengan experiencias como acompañante terapéutico y que quieran presentar recortes clínicos podrán hacerlo, pero la idea es que todos trabajemos, sea preparando un texto, opinando, preguntando… El Acompañamiento Terapéutico es un nombre que aglutina un conjunto heterogéneo de experiencias. Corresponde que en la facultad las interroguemos, y desde la perspectiva de las dificultades de la práctica…

Inscripción: catedralibreoscarmasotta@gmail.com

Es tiempo de desmanicomialización


Pienso en qué (no) se piensa al decidir avasallar derechos humanos en un hospital, enviando Infantería a disparar y gasear usuarios de salud mental. Pienso en qué (no) se piensa al suministrar violencia a personas en situación de extrema vulnerabilidad. Finalmente pienso en que NO se piensa, sino que se arrasan vidas. Esto, no sólo con la perpetuación del sistema manicomial, sino ahora también con la acción directa contra los cuerpos. Desde la Unidad de Letrados art. 22, ley 26.657, que se creó en la Defensoría General de la Nación, por orden de la Dra. Stella Maris Martínez, y gracias a la Ley Nacional de Salud Mental 26.657, se intervino en los hechos desde el comienzo, asistiendo a nuestros defendidos, interponiendo un hábeas corpus colectivo preventivo y correctivo ante la Justicia penal, aún vigente, para cesar la intervención de la Metropolitana e impedir la reiteración de los hechos. Depende de todos que esto no quede impune y que la voz de los usuarios sea escuchada y se traduzca en el juicio y castigo a los (i)rresponsables. Nunca más.
La Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional hizo lugar a nuestro pedido y le ordenó al jefe de Gobierno, Mauricio Macri, y a su ministra de Salud, Graciela Reybaud, que adopten “las medidas necesarias a fin de salvaguardar la integridad psicofísica y la seguridad de las personas internadas en el hospital Borda” y, a la vez, también le ordenó al ministro de Justicia y Seguridad, Guillermo Montenegro, que debe “evitar reiterar por parte de la Policía Metropolitana un accionar similar al acontecido el 26 de abril”. Estas intimaciones de la Justicia penal tienen efecto además hacia el futuro, pues constituyen garantías de no repetición, según estándares del Derecho Internacional de los Derechos Humanos.
A la vez, otras acciones continúan desarrollándose ante los juzgados civiles, que tienen a su cargo el control de las internaciones involuntarias, y ante los juzgados penales, en los que la Defensoría ya ha presentado dos denuncias por usuarios heridos. Uno de nuestros defendidos, víctima de 21 balazos de goma, refleja la vulneración de los vulnerables, la ausencia de las políticas de salud mental de la CABA y la contradicción en el ahínco que se ejerce en defender bienes materiales por sobre dignidades y vidas.
La movilización en repudio de la represión y las acciones judiciales interpuestas para paliar los terribles efectos que dicha situación ha provocado –y seguirá provocando en la salud mental de los afectados directos– no debe hacernos perder de vista que debemos, una vez más, reclamar el cumplimiento pleno de la Ley Nacional de Salud Mental 26.657 (y su reglamentación urgente) y la ley local 448, en el ámbito de esta Ciudad y, para ello, deben ejecutarse las políticas públicas necesarias para avanzar sostenidamente en la desmanicomialización. Este es el límite que debemos sostener frente a reacciones violentas y, al mismo tiempo, el piso que debemos defender todos los actores para que se materialicen derechos que ya son ley.
Según el análisis relevado por la Comisión de Salud Mental de la Legislatura, el presupuesto del área se dedicó, en 2012, en un 88 por ciento a sostener las grandes instituciones manicomiales y sólo el 12 a financiar dispositivos comunitarios que propendan a la reintegración social. Esto, a todas luces, contradice los principios de la salud mental comunitaria, que obliga al Estado a no profundizar la segregación de las personas en centros de encierro y a revertir la histórica discriminación.
En este año, cuando se desarrolla la Campaña Nacional contra la Tortura, impulsada por la DGN, debe servirnos como alerta lo dictaminado recientemente por el relator de Naciones Unidas contra la Tortura, que acaba de exhortar a todos los Estados a “sustituir el tratamiento y el internamiento forzosos por servicios en la comunidad (...) haciendo hincapié en otras opciones distintas al modelo médico de salud mental”.
Prueba de que la cultura manicomial sigue vigente es que la Unidad de Letrados ha debido intervenir, hasta este momento, en más de 3900 defensas de personas internadas involuntariamente, a razón de casi 200 nuevas internaciones por mes. Afortunadamente, de ese total, y con muchísimo esfuerzo dada la ausencia local de alternativas, más del 70 por ciento ha sido externado, derivado a dispositivos comunitarios menos restrictivos o aceptado la internación voluntariamente.
Depende de todos que la voz de los usuarios sea escuchada y se traduzca en la sanción de los responsables y, al mismo tiempo, que este consenso alcanzado nos interpele a exigir, con la misma convicción, la implementación de políticas públicas concretas que permitan a los usuarios de salud mental salir del abandono y transformarse en sujetos de derechos que vivan y cuiden su salud integrados en la comunidad. Nunca hay razones atendibles para ejercer la discriminación, la exclusión y la perpetuación del estigma. Nunca más.
* Abogado, coordinador de la Unidad de Letrados art. 22, ley 26.657, de la Defensoría General de la Nación.

lunes, 6 de mayo de 2013

El manicomio liberado

Le debemos a nuestro querido amigo Raffaele Dovenna la publicación en la Argentina del libro de Basaglia "La condena de ser loco y pobre". Sin Rafa, Topía no lo podría haber publicado.


"El manicomio liberado"
Por Franco Basaglia


Es difícil decir si la psiquiatría es por sí misma instrumento de liberación o de opresión. Tendencialmente la psiquiatría es siempre opresiva, es una manera de manifestarse el control social. Si partimos del origen de la psiquiatría, debemos recordar a Philippe Pinel, que a fines del siglo XVIII liberó a los locos de las prisiones; pero desgraciadamente, luego de haberlos liberado, los encerró en otra prisión que se llama manicomio. Empieza así el calvario del loco y el gran destino del psiquiatra. Luego de Pinel, en la historia de la psiquiatría aparecen nombres de grandes psiquiatras; pero del enfermo mental sólo existen denominaciones, etiquetas: histeria, esquizofrenia, manía, astenia. La historia de la psiquiatría es la historia de los psiquiatras y no la historia de los enfermos.

Desde el siglo XVIII, este tipo de relación ligó indisolublemente al enfermo con su médico, creando una condición de dependencia de la cual el enfermo no ha logrado liberarse. Diría que la psiquiatría nunca fue otra cosa que una mala copia de la medicina, una copia en la cual el enfermo aparece siempre totalmente dependiente del médico que lo atiende: lo importante es que el enfermo no se coloque nunca en una posición crítica en relación con el médico.

Cuando el pueblo, en el siglo XIX, comenzó a rebelarse en contra de la autoridad del Estado, se advirtió que quería participar en la gestión del poder y, sobre todo, que el pueblo no era un animal que podía ser dominado fácilmente. Así se pudo distinguir la existencia de dos clases: la de los trabajadores, que no quiere más ser dominada y quiere participar del poder, y la clase dominante, que no quiere ceder espacios. Fueron más de cien años de luchas, de sangre, de guerras civiles: la clase trabajadora conquistó un espacio relevante en nuestros países. Pienso que es fundamental que los médicos y los psiquiatras sepan estas cosas.

El médico que presta asistencia en una comunidad debe saber que en ella están presentes por lo menos dos clases, una que quiere dominar y la otra que no quiere dejarse dominar. Cuando un psiquiatra entra en un manicomio encuentra una sociedad bien definida: por un lado, los “locos pobres” (el sistema de los manicomios públicos en los países industrializados nació para el tratamiento a cargo del Estado de los “locos pobres”; así lo decían las disposiciones legales) y, por otro lado, los ricos, la clase dominante, que dispone los medios para el tratamiento de los pobres locos. Desde esta perspectiva, ¿cómo podemos pensar que la psiquiatría pueda ser liberadora? El psiquiatra estará siempre en una situación de privilegio, de dominio con respecto al enfermo. Desde este punto de vista, la psiquiatría es, desde su nacimiento, una técnica altamente represiva, que el Estado siempre usó para oprimir a los enfermos pobres, es decir: la clase trabajadora que no produce.

Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XX sucedió algo nuevo, que puso al alcance de la psiquiatría instrumentos de liberación. Luego de la Segunda Guerra Mundial el pueblo y algunos técnicos comenzaron a poner en discusión las instituciones del Estado. En los años ’60 hemos visto rebelarse, como en una gran llamarada, a la juventud del mundo entero. En ese levantamiento, nosotros, los técnicos de la represión psiquiátrica, estábamos presentes; dimos nuestro apoyo a esa rebelión. Más tarde, mientras la revuelta de 1968 se perdía en varias direcciones y era reformulada en una suerte de nueva opresión y restauración, hubo una serie de situaciones que unieron las luchas en las instituciones con las luchas de los trabajadores. Hubo ilusiones, pero también certezas. Hemos visto que cuando el movimiento obrero toma en sus manos luchas reivindicativas, de liberación, antiinstitucionales, esta ilusión se vuelve realidad. En Italia, luego de 1968 hubo grandes huelgas en las que los obreros reivindicaron el derecho a la salud, es decir que llevaron su lucha al nivel de las instituciones públicas. Paralelamente algunos técnicos demostraron que el manicomio era un lugar de opresión y de dolor, no de cuidado. Finalmente, en aquellos años y en los siguientes, las mujeres demostraron que la opresión del hombre y de la familia trataba de impedirles tener una subjetividad propia.

Todos estos movimientos han puesto en evidencia la voluntad de afirmación, no sólo como objetividad, sino como subjetividad. Esta es la fase que estamos viviendo, y es un desafío a aquello que somos, a la relación entre nuestra vida privada y nuestra vida como hombres políticos.

Cuando el enfermo pide al médico explicaciones sobre su tratamiento y el médico no sabe o no quiere responder, o cuando el médico pretende que el enfermo se quede en la cama, es evidente el carácter opresivo de la medicina. Cuando el médico, en cambio, acepta el reclamo, entonces la medicina y la psiquiatría se transforman en instrumentos de liberación.

Es en esta cuestión que tenemos que elegir nuestro camino: si preferimos quedarnos en la oscuridad o queremos estar presentes en nuestro tiempo y cambiar, en la práctica, nuestra vida.

Desmanicomio

Después de la Segunda Guerra Mundial, Italia era todavía, en lo económico y cultural, un país campesino. En la década de 1950 comenzó un proceso de cambio determinado por el desarrollo de la sociedad industrial y, consecuentemente, de una clase obrera cada vez más fuerte. En aquellos años iniciamos el trabajo en Gorizia, una pequeña ciudad en la frontera con Yugoslavia. Allí había un hospital con 500 camas dirigido de manera totalmente tradicional; era usual la práctica del electroshock y el shock insulínico; antes que nada, era un hospital dominado por la miseria, la misma que encontramos en todos los manicomios. En cuanto entramos, dijimos: no. Un no a la psiquiatría, pero sobre todo un no a la miseria.

Vimos que, desde el momento en que dábamos respuesta a la pobreza del internado, su posición cambiaba totalmente: dejaba de ser un loco para transformarse en un hombre con el cual podíamos entrar en relación.

Habíamos comprendido que un individuo enfermo no sólo necesita la cura de la enfermedad: necesita una relación humana con quien lo atiende, necesita respuestas reales para su ser, necesita dinero, una familia; necesita todo aquello que también nosotros, los que lo atendemos, necesitamos. Este fue nuestro descubrimiento. El enfermo no es solamente un enfermo, sino un hombre con todas sus necesidades. Por ejemplo, yo recuerdo que después de que abrimos los pabellones en Gorizia, en 1963-1964, todos esperábamos ver cosas terribles. No sucedió nada. Vimos que las personas se comportaban correctamente, pedían cosas muy justas: querían comida mejor, posibilidad de relaciones hombre-mujer, tiempo libre, libertad para salir. Son cosas que un psiquiatra ni siquiera imagina que el enfermo pueda pedir. Sería como si, en una sociedad fundada sobre el puritanismo, una hija le pidiera al padre salir de noche. Eso sería terrible para el padre, ¿no iba a poder saber cuándo su hija volvería a casa? Ocurre lo mismo con el enfermo mental, porque el psiquiatra siempre confundió la internación del enfermo con la propia libertad. Cuando el enfermo está internado, el médico está en libertad; cuando el interno está en libertad, el internado es el médico.

Entonces, cuando empezamos a organizar algo tendencialmente igualitario, vimos, por ejemplo, que un hombre se encontraba con una mujer y no sucedía nada violento. Se enamoraban. Naturalmente, luego podían tener una relación sexual, como sucede en las mejores familias y ¿por qué no habría de suceder en el manicomio liberado? Empezamos a divulgar la experiencia para demostrar que era posible dirigir el manicomio de otra manera. Y todo esto nos llevó también a una reflexión política: los internados pertenecían a las clases oprimidas y el hospital era un medio de control social.

En Gorizia organizamos una comunidad con el objetivo de curar y de mostrar que era posible una vida distinta. Lo sorprendente fue que mucha gente que venía a vernos percibía que la vida dentro de la comunidad era mejor que la vida afuera. Era que dentro de esa comunidad, el egoísmo que domina nuestras vidas era afrontado de otra manera: mi sufrimiento era el sufrimiento del otro. Con este tipo de lógica empezamos.

Después, muchos de los que habían trabajado en Gorizia fueron a dirigir otras instituciones psiquiátricas y así se generaron cuatro, cinco, seis experiencias diferentes. De todos modos, nosotros sabíamos que el manicomio, aun el dirigido de modo alternativo, era siempre una forma de control social, porque la gestión no podía sino estar en manos del médico, y la mano del médico es la mano del poder. Entonces, cuando, en 1971, empezamos a trabajar en Trieste, continuamos la experiencia de Gorizia, pero con el proyecto de eliminar el manicomio y sustituirlo por una organización mucho más ágil, para poder afrontar la enfermedad allí donde tenía origen. Empezamos con un manicomio que tenía 1200 personas y hoy, luego de ocho años de trabajo, no quedó casi nadie en esa estructura. Esas personas procuraron reinsertarse socialmente, con nosotros, con la sociedad, con la comunidad.

Podríamos decir que somos personas que transforman en oro lo que tocan, aunque en realidad nuestro trabajo fue muy simple. Como ya dije, en Gorizia descubrimos que la clase trabajadora, en caso de enfermedad, era destinada al manicomio. Entonces, pensamos que esta clase debía tener responsabilidades y poder en la gestión del problema de la salud y que esto podría cambiar las cosas. Por ejemplo, la discusión sobre cuándo se podía dar de alta a un paciente no era sólo entre nosotros, los médicos, sino también con las personas del barrio donde el enfermo iba a ir a vivir. De esta forma, el vecino del barrio se daba cuenta de que las necesidades del paciente no eran distintas a las suyas. Ante el problema de dar de alta a una persona pobre, que no tenía dinero ni casa, ni familia, muchos percibían que estaban o que podían llegar a estar en las mismas condiciones. Comenzaba así la identificación entre el sano y el enfermo, y el inicio de la integración del enfermo.

Entonces, día a día, año a año, paso a paso, desesperadamente, encontrábamos la manera de llevar al que estaba adentro, afuera, y al que estaba afuera, adentro. En la medida en que el número de los internados disminuía, íbamos creando en la ciudad los centros de salud mental. Teníamos una estructura externa muy ágil, en la cual la enfermedad se enfrentaba fuera del manicomio. Y veíamos que los problemas referidos a la peligrosidad de los enfermos comenzaba a disminuir: empezábamos a afrontar, no ya una “enfermedad”, sino una “crisis”.

Hoy nos es evidente que cada situación que nos llega es una crisis vital y no “una esquizofrenia”. En aquel momento, ya veíamos que aquella “esquizofrenia” era la expresión de una crisis, existencial, social, familiar, no importa cuál. Una cosa es considerar el problema como una crisis y otra cosa es considerarlo como un diagnóstico: el diagnóstico apunta a un objeto, y la crisis a una subjetividad; subjetividad que a su vez pone en crisis al médico.

He hablado de manera muy general del camino que hicimos para tratar de eliminar el hospital psiquiátrico y crear una situación tendencialmente terapéutica. No puedo decir más que “tendencialmente”, porque no puede ser plenamente terapéutica: yo trato de curar a una persona, pero no puedo tener la certeza de si la curo o no. Es lo mismo que cuando digo que amo a una mujer: es muy fácil decir esto, pero en algún sentido es falso, porque el hombre tiende a un tipo de relación y la mujer a otro; la relación que se crea entre los dos no es más que una crisis, es una crisis en la que hay vida, siempre que no haya dominación del hombre sobre la mujer o de la mujer sobre el hombre. En una situación que es tendencialmente de amor, se puede crear una relación muy libre.

* Extractado de La condena de ser loco y pobre. Alternativas al manicomio, que reúne conferencias pronunciadas en San Pablo, Brasil, en 1979.


Para un manifiesto antipsiquiátrico

Compartimos estas frases que nos envió nuestra querida amiga y gran escritora Silvia Jacobi


Frases
Para un manifiesto antipsiquiátrico
Ramón García
En revista “Zona Erógena” año´90, n#3.
-La familia es el manicomio disfrazado de buenas palabras. El manicomio es la institución familiar en su rígida desnudez.
-La escuela es el lugar donde se nos enseña a vivir en el manicomio grande. A veces la enseñanza falla y se translada al educando al manicomio chico.
-La fábrica es el espacio social en que el vampirismo familiar se hace diurno y pierde el misterio de la noche.
-La revolución se ha convertido en la ristra de ajos que hay que colgar para ahuyentar al vampiro… o en la cruz que hay que portar cada día: ¡La fuerza del placer y su primavera se perdió un día entre los ajos y las cruces!
-La locura no es ni el mito del dios al que hay que adorar, ni el mito del diablo al que hay que destruir.
-El culo y la boca son el principio y el fin del sistema digestivo, pero también del psiquismo humano.
-El fascismo ha deformado nuestro culo y nuestra boca y ha producido la locura fascista, fiel retrato de la normalidad.
-La locura fascista es la negación, la condena a muerte de la diferencia. Para ella el culo del cuerdo y el del loco no deben cagar en el mismo retrete; ni la boca del cuerdo y la del loco comer en la misma mesa.
-La diferencia viéndose negada, se expresa con un nuevo gesto, se inventa un nuevo lenguaje. Y la locura fascista –simple normalidad-dice: ¡Está loco! ¡Está loco! Y va lo diagnostica y lo encierra.
-El diagnostico psiquiátrico es una o varias palabrotas que se lanzan contra la vida para asustarla y encogerla.
-El internamiento psiquiátrico es el  acto contra la vida que no se ha asustado y encogido con las palabras del diagnóstico.
-El manicomio, lugar de encierro, está construido eligiendo uno a uno los valores fascistas de la ideología burguesa.
-El trabajo es la mentira con la que comemos cada día. El trabajo se incluye en el manicomio como mentira doble: primero, porque ya lo es; y segundo, porque no sirve para comer.
-El manicomio hace del sexo una culpa de la que nadie puede olvidarse ni redimirse.
-La libertad adquiere en el manicomio tono de realidad: sencillamente, no existe.
-La locura pierde en el manicomio sus alas: el internado llega a ser un defensor del orden fascista que lo condenó a muerte.
-¿Qué haces ahí dentro mujer?, le pregunto a una internada, “Sigo, ya muerta, los pasos de Ahom, el que hizo la tierra”.
-El manicomio muestra como una pantalla de Rayos X todo el armazón de la estructura social burguesa: todas las piezas funcionan para oprimir. ¿No os entraron nunca ganas de tocar un huesecito de dinosaurio para que todas las piezas del esqueleto cayeran desarticuladas?
-Destruir el manicomio es una consigna-símbolo por la que tiene que luchar todo aquel que quiera destruir su dulce causa burguesa.
-Todos vivimos en el manicomio y, por tanto, a todos nos afecta.
-Nadie está libre de volverse loco. Así pues cómprese un sombrero… Y si le es posible, compre también acciones de la mejor empresa capitalista… De este modo, al menos, será un loco millonario.
-La burguesía llegó a un acuerdo con la religión e inmediatamente se les sumó la ciencia. ¡Qué gran poder el de la burguesía! Por eso la psicología y la psiquiatría tienen tanto empeño en ser “ciencia”.
-La disciplina es necesaria para el buen orden de las cosas. ¿Seréis capaces de afirmar la suficiente indisciplina como para destruir “el buen orden de las cosas?
- La autoridad viene de Dios. ¿Tenéis todavía temor de Dios? Entonces agua de carabaña ¡Porque lo que es otra cosa!

(Gracias por la data a Daniel, mi psiquiatra)
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viernes, 3 de mayo de 2013

La profesionalización del Acompañamiento Terapéutico o la repetición de la historia de Psiquiatras y Psicólogos.


Comparto con ustedes una entrevista que le hice a mi querida amiga Analice. 

Analice Palombini es una mujer que parece mucho más joven de lo que es. Por su frescura y su calidez en las respuestas, nos damos cuenta que estamos frente a alguien que ha trabajado mucho en la formación, ya que es muy clara en la transmisión de los conceptos. Es psicóloga, psicoanalista. Doctora en Salud Colectiva porla Universidad Estatal de Río de Janeiro. Docente del Instituto de Psicología de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, Porto Alegre, y Coordinadora del Programa de Acompañamiento Terapéutico en la RedPública y miembro de la Asociación Psicoanalítica de Porto Alegre. Autora, junto a otros colaboradores, del libro “Acompañamiento terapéutico en la red pública: la clínica en movimiento” (UFRGS. 2004), en vías de traducción en Argentina. Dentro del marco del Congreso Internacional de AT que se llevó acabo en el BAUEN, del 10 al 12 de noviembre pasado, entrevistamos a una de las referentes del AT en Brasil, respecto a la profesionalización del AT como destino enla Argentina, lo que busca la Asociación de Acompañantes Terapéuticos de la República Argentina, contrariamente a lo que sucede en Brasil

¿Qué pensás de la profesionalización como destino del Acompañamiento Terapéutico (AT)?

De la forma como entiendo el AT y en el contexto de salud colectiva en que actúo, su profesionalización me parece un destino funesto, que va en contra de aquello que representa la potencia mayor de ese modo de hacer la clínica, la amplitud y la fluidez de su ejercicio; en contra de su modo movilizador e instituyente, que da paso a acontecimientos, movimientos, a la afectación por el otro, produciendo cambios de lugar, transformaciones.
Para mucho de nosotros en Brasil, el AT encarna una cualidad propia al trabajo en salud en el ámbito de la política pública de salud vigente en el contexto brasilero. Para el ideario que creo nuestro Sistema Único de Salud (SUS), la función del AT es una función colectiva, y su lugar es un lugar compartido por todos los profesionales de un equipo, es el lugar desde donde, en el encuentro genuino con el usuario, se puede producir un cuidado integral de la salud, que opera en el territorio de la vida de ese usuario y no en el espacio cerrado de la institución.
En agosto pasado se realizó en Sao Bernardo do Campo (Sao Pablo), un evento preparatorio, en respuesta a la convocatoria del Congreso que se realizó del 10 al 12 de noviembre en Buenos Aires: “Integraciones conceptuales hacia una profesionalización de nuestra práctica”. En dicha reunión estuvieron presentes, además del invitado argentino Gabriel Pullice (integrante de la comisión organizadora del congreso)  invitados de diferentes estados de Brasil: Rio Grande do Sul, Minas Gerais, São Paulo, además de la coordinadora de Salud Mental de la Prefectura de São Bernardo do Campo. En respuesta a la convocatoria, se escuchó decir a cada uno de los invitados brasileros que: “el AT es una función, no una profesión”; “puede ser ejercido por cualquiera, no por todos, sino por cualquiera que esté dispuesto a tanto”; “reglamentarlo como profesión es hacer perder la cualidad fluida, instituyente, de su ejercicio”; “tornarlo una especialidad es ir contra el esfuerzo a que nos llevó el ideario del SUS, de desmontar las especialidades a favor de los actos colectivos de salud”; crear el cargo de AT es depositar en un único profesional un modo de cuidado que debería atravesar al conjunto de profesiones y cargos implicados en el trabajo en salud mental: psicólogos, psiquiatra, técnico en enfermería, el director del servicio y la recepcionista” .
Esa posición que tiene que ver con la defensa de los principios y directrices del SUS y de la ReformaPsiquiátrica, no significa un lugar de menos valor al AT. Por el contrario. El AT es una práctica reconocida y reivindicada, por ejemplo, en las resoluciones de la última Conferencia Nacional de Salud Mental de Brasil, que es la instancia máxima de participación social en la formulación de directrices para la salud mental del país, que ocurrió el año pasado. Es incorporado como acción del campo de prácticas de residencias integradas multiprofesionales de salud mental. En Rio Grande do Sul, donde vivo, el AT es parte de la política de educación permanente de los trabajadores de la red de servicios, con fuerte inversión de la Escuela de Salud Pública Estadual, en la formación para el AT de trabajadores como agentes comunitarios de salud, reductores de daños, equipos de salud de familia, psicólogos, trabajadores sociales, enfermeros, entre otros. Y puede ser un cargo público, también, como lo es en algunos municipios, no muchos, que optan por ese camino; un cargo, en ese caso, de nivel medio (al que los interesados acceden por concurso público, esto es, una prueba de conocimientos específicos, sin necesidad de título, la formación se da en servicio). El AT comparece, además, como presupuesto, en la formulación de proyectos como el de los consultorios en la calle, para la atención de situaciones que incluyen uso de drogas. O sea, son muchos los modos de componer, en equipo, su ejercicio; son diversos los actores que pueden ejercerlo; y nosotros queremos preservar esa diversidad. 

¿Encontrás diferencias entre el AT en Brasil y en Argentina? ¿Cuáles y a qué considerás que se deben?

Si comparamos las publicaciones brasileras sobre AT con la significativa producción argentina en torno al mismo tema, una diferencia rápidamente sobresale: el énfasis sobre la ciudad como forma de abordaje de la experiencia de acompañamiento, marcadamente presente desde los primeros libros brasileros y poco trabajados, hasta lo que  conozco, en los trabajos argentinos, más centrados en la psicopatología como vía a partir de la cual abordar el tema del AT. Es así que, después de la publicación en Brasil de la traducción del libro de Mauer y Resnizky, “Acompañantes terapéuticos y pacientes psicóticos”, en 1987, tenemos, en 1991 y 1997, respectivamente, la publicación de los dos primeros libros brasileros sobre AT, ambos organizados por el “Instituto A Casa”, que ejerció una influencia decisiva sobre todos los que se ocupan del AT en Brasil y que se llaman, el primero, “La calle como espacio clínico”, y el segundo, “Crisis y Ciudad”, trayendo ya en su título el tema de la ciudad y la calle.
Tal énfasis en la ciudad me parece tributario del movimiento que en Brasil, desde los años ochenta propulsa el proceso de reforma psiquiátrica brasilera, imprimiéndole la perspectiva desinstucionalizante y de vinculación capilar con la ciudad, que tiene origen en la propuesta basagliana, sin exclusión, pero no obstante, las influencias propias en el campo de la clínica psicoanalítica.
Eso constituye una segunda diferencia. Al lado del psicoanálisis –y más estrictamente del psicoanálisis lacaniano, como parecer ser el caso del campo del AT en Argentina-, en Brasil otras teorías clínicas también comparecen como herramientas para el ejercicio de esa práctica. Así, además del pensamiento de Lacan, nos encontramos también con las contribuciones teóricas de Winnicott y de Deleuze- Guatarri en la producción de conocimiento en AT, así como de la fenomenologia y de Reich y Jung (en menor número). También en el campo cognitivo conductual hay una producción sobre AT en Brasil, pero no necesariamente alineado con nuestra concepción de AT. Y, más allá del campo clínico, Foucault y Walter Benjamín son pensadores que contribuyen para la elaboración teórica de esa práctica. Esa diversidad teórica, creo que tiene que ver con la fluidez y movilidad de la función AT. Finalmente, otra diferencia es que, en Brasil, la profesionalización del AT no es un tema que nos ocupe, que todavía nos ocupe, sí, las estrategias de formación y los modos de su ejercicio, los cuales, sin embargo, vislumbramos como plurales. No nos movemos por la legalización del AT, sino por su legitimación como práctica operante, en especial, en los equipos de salud mental (y las estrategias que construimos para eso son múltiples). La ley que queremos defender y por la cual luchamos es la Ley del Sistema Único de Salud y la Ley de  Reforma Psiquiátrica, ambas en constante amenaza por las envestidas de los que ven la salud no como un derecho, sino como una mercancía.